The Island of the man with the golden gun

Song: Strangers by The Kinks.

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Hoy dos motivos para festejar. Cumplimos la mitad de nuestro viaje y Arturo (#imjustafox) alcanzó los 50 mil seguidores en Instagram.

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Desayuno de campeones en McDonalds.

Como si el idioma Thai no fuera ya lo suficientemente incomprensible, el cajero era gangoso. Ni un Babel.

La mini van pasó por nosotros a las 8.30. Mr. Bean el conductor, Rudy el guía.

– Me cae muy bien el Rudy. Nos habla como si fuéramos retrasados mentales, y al mismo tiempo él habla como retrasado.

Compañeros de viaje: franceses, checos, ingleses y una italiana que vive en España.

– Que los he escuchado hablar español. Nos dijo sin ningún rastro de acento itálico.

Nos detuvimos a tomar algo y a los baños. Al parecer todos los turistas tenemos en común el síndrome de las vejigas inextinguibles.

Llegamos al puerto. Abordamos una lancha. El motor rugía como una bestia desconsolada por un dolor de estómago mecánico.

Paseo por los canales de la bahía. Árboles de raíces largas que rebasan el agua, de puntitas, como si fueran hidrofóbicas.

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Bebidas refrescantes.Después, la Isla de James Bond.

El galán de otrora, Roger Moore, personificó en este lugar “The Man with the Golden Gun” (1974). Mientras nos acercábamos a tierra firme, podía escuchar la banda sonora del agente 007. Mucho ha cambiado desde entonces.

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Una pequeña playa, grutas con piedras apiladas en posiciones inverosímiles, el monolito de 20 metros llamado Ko Tapu, y el café de James Bond.

– One cappuccino, “shaken not stirred”.

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Trayecto en lancha hasta un pueblo flotante para comer. Nos sentamos con la italo-española, y tres ingleses de moral distraída.

– Me caen muy bien los gays cuarentones, cincuentones, son muy graciosos y se las saben de todas, todas.
– Jotillas liosas.

Pollo, arroz,verduras, pescado capeado, sopa. Agua. Piña de postre. Té y café instantáneos.

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Regresamos al puerto y en la mini van nos fuimos a un templo budista adentro de una cueva, rodeado de monos colgados de lianas.

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Los marchantes venden kits de “alimente a su chango” con plátanos dominicos, de esos chiquitos, elote en rodajas como para pozole, y croquetas de perro.

– Seguramente los plátanos están bien baratos.
– Hay que comprarnos unos pero para nosotros.

No faltó el chango pediche que nos vino a pedir un plátano. Se lo dimos pero con desdén.

Los ingleses les lanzaban los plátanos a los monos trepados en los árboles, mientras reían y se movían con gracia, aplicando el pas de bourré.

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Última escala, la cascada. En este lugar nos detuvimos para festejar el cumpleaños número 50 de Sandra, una islandesa que nos acompañaba en el tour. Estaba muy emocionada por el detalle; yo en cambio por el pastel, y las galletas.

De regreso a Ao Nang, Arturo platicaba con Rudy acerca de la realeza tailandesa. Los reyes son adorados auténticamente por el pueblo.

– Eso explica sus fotografías Hollywoodenses por todos lados.
– La cuasi apoteosis monárquica.

Yo en cambio platicaba con Cristina, la italiana, que finalmente me había dicho su nombre. Hablamos sobre nuestros viajes y gustos por la fotografía.

Llegando al hotel acordamos vernos en una hora para ir por unos masajes. Pasó la hora, y fuimos.

Despoje de zapatos antes de entrar, lavada de pies, muda de pantalones, recostarse sobre la camilla. Una tailandesa de unos 50 años, parecida a un elfo doméstico, se me encaramó encima.

Sentía como sus manos y pies se multiplicaban: me apretaban, me untaban, y me doblaban, todo al mismo tiempo. El masaje estaba en la frontera imaginaria del dolor y el placer. Estuve a punto de detenerla. Me aguanté.

Me caminó encima, me tronó hasta las ideas, cuando sentía algo que no le gustaba, se detenía, me tallaba con aceites aromáticos y me dedicaba más tiempo al punto problemático. Golpecitos cada vez que terminaba una zona específica de mi cuerpo.

– Al parecer el Masaje Thai es más parecido al Muai Thai de lo que yo pensaba.
– A mí me hace todo eso, y yo le suelto un madrazo.

Fuimos a cenar Arturo, Cristina y yo a las brochetas de la calle, calamares y pollo, y para no perder la tradición, 3 batidos de mango.

Mañana es nuestro último día en Ao Nang, y el sur de Tailandia. Nos vamos al norte. Chiang Mai, los elefantes y nuestra amiga Delphine nos esperan.

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