The sunrise of 900 hundred years

Song: The Cave by Mumford and Sons.

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La alarma sonó a las 4am.

Fuimos a recoger la e-bike, y en la obscuridad de la madrugada nos fuimos al templo que nos habían recomendado Federica y Elena para ver el amanecer.

– Non potete assolutamente perdervi l’alba! Nos decían gritando y revoloteando las manos, justo como lo señala el cliché paralingüístico italiano.

El templo se encontraba casi a la orilla del río Ayeyarwady.

Sólo un par de sandalias en la entrada, todo era muy lúgubre e incierto. Entre el fresco nocturno de la piedra y el chillido agudo de los murciélagos, ingresamos al templo.
Subimos los estrechos escalones, hasta llegar a una terraza, y después escalamos hasta la cúpula central, por los frágiles ladrillos, como alpinistas inexpertos.

– Next time remember to take off your shows. Nos dijo un gringo hippy de esos forever que se creen iluminados por el mismísimo Buda.
– ¿Quién es este idiota, Sidarta Gautama?

La verdad es que entre la vigilia (todavía estábamos modorros), y la emoción se nos olvidó quitarnos los tenis.

La inefabilidad de un amanecer birmano. Te sientas en el punto más alto de un templo de 900 años para admirar otros miles de templos centenarios y el naranja galáctico que surge a sus espaldas gradualmente desde oriente.

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– La diferencia entre el amanecer y el atardecer es que durante el primero se puede apreciar la curvatura de la tierra.

Regresamos al hotel con la intención de recuperar las horas de insomnio inducido. Sin embargo, inspirado por los corredores que participaron hoy en el medio maratón y maratón de Bagán, salí a correr.

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10km, desayuno, baño, letargo.

Cuando despertamos, otra vez, nos fuimos por la calle principal, Anawrahta, deteniéndonos en solamente algunos de los templos bajo distintos criterios: por sus características particulares, por su magnitud dimensional o simplemente por presentimiento cabalístico.

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Y así sin darnos cuenta llegamos hasta el Nuevo Bagán. Por nada novedoso, parece un pueblo Veracruzano de río como Puente Nacional o Jalcomulco, con una pobreza rural evidente, restaurantes y estaciones de cerveza. Decidimos almorzar.

De vuelta en el camino, pasamos una rotonda y tomamos la calle paralela a Anawrahta Road. El templo Dhamma Ya Zi Ka es una pagoda dorada monumental, pero está toda cubierta de andamios, como nidos de pájaros gigantes, y por ende está prohibido el acceso a los niveles concéntricos superiores.

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El sol y el desvelo intensificaron sus efectos narcóticos, y en una palapa de bambú y mate tejido, en medio de una zafra, nos tiramos a dormir una siesta.

Ya para el atardecer nos fuimos a un templo que habíamos visitado esa misma mañana. Éramos sólo nosotros y tres niños birmanos que nos querían vender sus dibujos a crayola mientras observaban idiotizados las pantallas de nuestros iPhones.

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Cuando el último escaño de sol desapareció en el horizonte detrás de unas montañas, volvimos a la zona poblada a entregar la e-bike, y a esperar nuestro autobús a Yangón.

Supuesto arribo a las 7pm, una camionetita pasó a recogernos al hotel hasta las 8 para llevarnos a la central de autobuses. 10 horas de viaje por delante.

Adiós Bagán, nos vamos satisfechos pues eres el sueño de todo viaje, fragmentado en miles de templos, en dosis precisas y mensuradas.

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